PATRIARCADO GRIEGO ORTODOXO *

El  Patriarcado Griego Ortodoxo se encuentra en la calle Dr. Sadık Ahmet, en el barrio del Fener, lugar donde vivieron la mayoría de los griegos adinerados hasta que tuvieron que abandonar la zona después del pogrom de 1955.

En diciembre de 2012 lo visité por primera vez. Bajé la colina, desde la Iglesia de Santa María de los Mongoles, hasta llegar al Patriarcado, que se encuentra a unos diez minutos andando. En realidad, los dos lugares están bastante cerca el uno del otro, pero hay muchas callejuelas empinadas, estrechas y zigzagueantes entre medio.

Todo el conjunto está rodeado de un gran muro, como ocurre con todas las iglesias ortodoxas de la ciudad. Se suben unos escalones y se llega a un rellano con dos puertas. La central, de color negro, está cerrada; la de la izquierda está abierta.

Dentro ya del recinto, en el patio central, se puede ver al fondo la Iglesia Patriarcal de San Jorge y, a un lado, todos los edificios nuevos, de madera color rojo oscuro, del Patriarcado. La Iglesia de San Jorge es neoclásica y no tiene cúpula porque los otomanos prohibieron a los griegos construir sus iglesias con cúpulas. No es muy grande ni espectacular pero tiene un gran encanto. A pesar de sus dimensiones moderadas, es la Basílica de San Pedro del mundo ortodoxo.

Me habría gustado mucho asistir a una ceremonia religiosa de liturgia ortodoxa pero ya había terminado cuando llegamos y no comenzaba el siguiente acto religioso hasta las 16:00, unas cuantas horas más tarde. 



Ya que no pude la primera vez, una de las cosas que quería hacer en mi segundo viaje era asistir a una celebración en el Patriarcado.

El domingo día 3 de marzo de 2013, cogí un autobús desde Eminönü y bajé en la parada del Fener hacia las 9.00 de la mañana. Como ya había estado anteriormente allí, pensé que me iba a ser muy fácil encontrarlo. Recordaba que la calle en la que se encuentra está muy cerca del mar y de esa parada, y en realidad es así. Sin embargo es necesario conocer un poco más el Fener, ya que es un barrio lleno de callejuelas. Veía el imponente instituto griego ortodoxo de ladrillo rojo, la Megale Scholio, destacando por detrás de las casas, y pensé que era por allí, pero no. 

Afortunadamente me encontré con un grupo de mujeres y un hombre a quienes pregunté. Eran griegos de Tesalónica. Iban también al Patriarcado porque querían asistir a la misma celebración. El hombre griego me explicó que una de las mujeres conocía perfectamente el camino. Y así fue. La seguimos y, en 5 minutos, ya estábamos allí. 

Al llegar al recinto, el hombre de Tesalónica me contó la historia del Patriarca San Gregorio V, que fue ahorcado por los turcos en 1821, delante de la puerta central de color negro. El sultán culpaba al patriarca de apoyar la Revolución Griega que, de hecho, acabaría consiguiendo la independencia para su país. Por eso, desde entonces, esa puerta está herméticamente cerrada y se entra siempre por la puerta lateral, a la izquierda de la otra.

Había bastante gente esperando en el patio. Esperé también un poco pero me di cuenta de que ya se podía entrar.

En el nártex de la iglesia había gente venerando las reliquias o hablando animadamente en griego. En eso, un sacerdote abrió la puerta principal que da paso a la nave central de la iglesia y empezamos a pasar. No me esperaba que hubiera tanta gente, ni dentro ni fuera. Intenté encontrar sitio, lo más cerca posible para poder ver bien. La gente estuvo un buen rato yendo y viniendo de un lado para otro: se sentaban en un asiento, se levantaban y se sentaban en otro, hablaban con alguien, luego encendían una vela, llamaban a alguien para que se sentara con ellos ... Mientras tanto, a ambos lados de la puerta central del iconostasio, dos coros de hombres mayores y jóvenes, vestidos con sotanas negras, entonaban sin parar cantos religiosos griegos ortodoxos.

Alrededor de las 9:30 am se puso todo el mundo en pie y entró el Patriarca Bartolomé con toda su comitiva de obispos y sacerdotes. Es un hombre mayor, no muy alto, con una barba muy blanca y aspecto de tener mucho carácter. Caminó por el pasillo central y se sentó en la parte lateral derecha, en el trono patriarcal, una joya de madera con incrustaciones en marfil, que pertenece, dicen, a la última época bizantina. 

En eso vi unos sacerdotes que discutían entre ellos a su paso por el corredor central, entre una fila y otra de los bancos. Debía tener que ver con que había bastante gente de pie mientras que, a la vez, unos cuantos asientos estaban vacíos. El ir y venir siguió todavía un poco pero pronto todo el mundo estaba ya bien colocado y comenzó la ceremonia. 

Duraría unas tres horas, fue toda en griego, pero me entusiasmó. Me envolvieron los maravillosos cantos, la sonoridad de la lengua griega, el espectacular iconostasio, las entradas y salidas de los celebrantes a través de las puertas del iconostasio, como si de un escenario teatral se tratara, el predicador en el altísimo púlpito, la majestuosidad y variedad de las vestiduras del Patriarca Ecuménico, de los obispos, y de demás miembros del clero ortodoxo, la iluminación, los olores, los dorados, los iconos, etc. 

El espíritu de la Constantinopla cristiana y bizantina estaba allí, más que en ningún otro rincón de esta ciudad, con su fusión entre espiritualidad, belleza y refinamiento. Fue verdaderamente deslumbrante, incluso hipnótico. Las tres horas se me hicieron casi cortas.  

Al terminar, dos hombres, primero uno griego y, después, otro ruso hablaron ante todo el mundo de algún tema que lógicamente no pude entender. Como eran ya casi las 12:30 y quería ver muchas cosas más, me despedí de mi amigo de Tesalónica y salí rumbo a otro lugar. 



Unos años después, el 25 de diciembre de 2017, volví al Patriarcado. Deseaba asistir allí a la Navidad ortodoxa y celebrarla con los ortodoxos y a la manera ortodoxa. 

Esta vez ya no tuve ninguna duda de cómo llegar. Como la vez anterior, cogí un autobús en Eminönü pero, esta vez, bajé en la parada de Ayakapı un poco antes de las 9.00 am porque quería entrar antes en la mezquita de las Rosas (Gül Camii) y en la iglesia ortodoxa de San Nicolás. No tuve suerte sin embargo; la primera cerraba en el momento en que llegué y la segunda estaba herméticamente cerrada. 

Anduve hacia el Patriarcado por el camino más fácil: seguí la avenida Abdülezelpaşa hasta la antigua Puerta del Petrion (de la que no quedan más que unas pocas piedras) y, de allí tomé la calle Dr. Sadık Ahmet. Unos minutos después había llegado. 

Había unos cuantos coches aparcados fuera, pero no se veía a nadie más que a un guardia de seguridad turco.

Entré en el recinto. No había casi nadie. Fui directamente a la Iglesia de San Jorge y me di cuenta de que, en una de la puertas de la entrada, sobre un cristal, se informaba de que la Liturgia Divina de San Basilio (o la de la Encarnación de Jesucristo), había  comenzado ya a las 8:30. Me quedé verdaderamente sorprendido porque podría haber estado allí más o menos a esa hora;  había consultado la página web del Patriarcado días antes y había leído que los días festivos la Liturgia comienza a las 9:30 am, después del Orthros de las 8:00 am. Quizás el Patriarcado no había actualizado la página hasta el último momento, o quizás no lo miré bien; el hecho fue que la Liturgia ya había empezado hacía un rato.

En el vestíbulo de la iglesia había algunas personas, sobre todo hombres con corbata. A uno de los que estaban delante de la puerta central, un hombre no muy alto, con bigote y aspecto duro, le pregunté si podía pasar y me contestó que sí pero por una de las puertas laterales porque el Patriarca Ecuménico estaba a punto de llegar. 

Entré en la nave. Había bastante gente, la mayoría de pie, en la parte trasera y a los lados. Intenté sentarme en una de las sillas de la nave central, porque veía que había muchos sitios libres. Curiosamente la mayoría estaban ocupados por alguien que no estaba allí; había gente que ocupaba un asiento y guardaba varios sitios para otros. Finalmente pude sentarme en la última fila junto a un turista oriental.

El hombre del bigote debía ser un guardia de seguridad. Daba la sensación de que nada se movía allí sin que él lo permitiera. Él fue el que me indicó que me sentara donde me senté, pero me hizo apresurarme porque ya llegaba el Patriarca Ecuménico. Él y otro hombre, que parecía griego, se pasaron un buen rato haciendo levantar a la gente de las sillas de la nave central para que se sentaran ciertas personas que debían tener derechos sobre esos asientos. No acabé de entender lo que ocurría. Había gente que ocupaba sitios para no sé quién, pero ese no sé quién no aparecía o aparecía un momento y luego se marchaba. Para que algunos se sentaran, se echaba de esos sitios a quien había llegado antes. Al turista oriental que estaba a mi lado le hicieron ceder su sitio a un señor mayor; el guardia de seguridad del bigote le dijo que era por "un asunto de protocolo". Pensé que el siguiente sería yo; no fue así sin embargo. No conozco los entresijos de la Iglesia Ortodoxa Griega. Probablemente todo lo anterior tiene una explicación. Pero me encontraba incómodo y un rato después decidí ceder mi asiento a otra persona.

 Cuando llegó el Patriarca Bartolomé junto con su séquito de sacerdotes y obispos comenzó, propiamente hablando, la celebración, con lo cual tampoco me perdí tanto después de todo. 

Como en 2013, la gran belleza de la liturgia ortodoxa me volvió a maravillar. Esta vez, al decidir deambular por las naves laterales, tuve la oportunidad de ver mucho mejor la iglesia en sí, de tocar casi el iconostasio y también de observar la ceremonia desde diferentes puntos y ángulos. Pude ver también al Patriarca mucho más cerca y a dos popes que subieron uno tras otro al púlpito a leer las lecturas.  Fue todo mucho más dinámico que en 2013, quizás más en consonancia con lo que hacen los griegos cuando están en una iglesia, yendo de un sitio para otro, besando iconos, encendiendo velas, etc. 

En mis dos viajes anteriores no presté mucha atención a los preciosos iconos que hay en esta iglesia. Esta vez, en cambio, los vi todos con mucho detalle mientras oía los cantos y las oraciones. Dos de ellos me llamaron especialmente la atención: el icono-mosaico del siglo XI de la Panaghia Pammakaristos, la Madre de Dios con el Niño Jesús, y el icono cubierto de oro y plata de la Panaghia Faneromeni, que tiene fama de ser milagroso. 

No permanecí tanto tiempo como en 2013 pero, aun así, no salí hasta más o menos las 11:00 am.



El 25 de diciembre de 2018 volví otra vez. Esta vez intenté seguir la Liturgia Divina a través de un folleto que bajé de internet perteneciente a la Archidiócesis Ortodoxa Griega de América. Estaba en inglés pero, al ser toda la ceremonia en griego, no me sirvió de mucho. No me importó demasiado porque las palabras, aunque sin duda muy importantes, no son lo más importante en un lugar así.

Tras permanecer sentado un rato en las sillas, decidí deambular por la iglesia, como ya hiciera la vez anterior. Me fijé que había gente en el coro y en los balcones laterales. Muy pronto descubrí cómo se subía y pude contemplar la ceremonia desde lo alto. Disfruté mucho de la perspectiva que tenía desde allí, de los cánticos, de las vestimentas y de la belleza del lugar. A ello se sumó el sonido de la lluvia golpeando en los cristales. Fue una maravilla. 

Me quedé hasta el final, las 12:30pm. Duró unas cuatro horas.



Regresé el 8 de marzo de 2020, domingo, a las 9:30 am. Todo transcurrió de forma similar a la anterior, aunque esta vez permanecí sentado la mayor parte del tiempo. Salí de allí alrededor de las 11:00 am, no porque estuviera cansado sino porque deseaba visitar otros lugares de Estambul ese día y, si me quedaba hasta el final, no habría podido hacerlo.



Me gusta mucho ir al Patriarcado. Después de haber estado varias veces, me resulta muy familiar, muy agradable; es casi como si estuviera en casa. Sin embargo, la última vez, el 25 de diciembre de 2022, no fue lo mismo que las anteriores. 

En toda la zona central la mayor parte de las sillas estaban vacías ya que no se podía entrar más que por la entrada principal, en donde había un hombre y unos popes que controlaban quién entraba y quién no. Aparentemente sólo los miembros de la Comunidad podían entrar porque vi a ortodoxos eslavos en las naves laterales a los que claramente no se les había dejado pasar a la nave central. 

A la vez, las naves laterales y los balcones estaban repletos de gente. Me parece que la mayoría eran turistas y algunos de ellos bastante pesados y molestos. De hecho, al principio seguí la ceremonia bastante bien desde un balcón lateral hasta que llegaron una pareja de argentinos o chilenos (creo) muy malcarados y antipáticos que me empujaban de vez en cuando. Poco después dejé el balcón y bajé a una de las naves, pero aquello era como si estuviéramos en un programa de televisión; de hecho había varias cadenas de televisión filmando el acontecimiento y mucha gente yendo y viniendo, la mayoría de ellos sólo pendientes de hacerse selfies con el Patriarca al fondo. 

Todo fue un poco extraño. No había el calor humano ni la sensación de estar en un lugar religioso de las otras veces. No creo que vuelva ya más durante las Navidades.