Pasando por debajo de la Puerta Santa (Aya Kapi) se sigue todo recto. A unos 50 metros, se tuerce por la segunda calle a la izquierda y, a otros 50 metros, se llega a la Mezquita de Las Rosas. Se encuentra en una calle estrecha y larga llamada Vakıf Mektebi Sokak. Hay una historia o leyenda que se cuenta acerca de ella. El día que los turcos entraron en Constantinopla era el día de Santa Teodosia. Mucha gente fue a la Iglesia de Santa Teodosia a pedir ayuda a la santa para que los librara de los invasores; llevaron rosas como todos los años por esas fechas. Cuando los turcos entraron en la iglesia sólo quedaban las rosas; por eso le llamaron la Mezquita de las Rosas, Gül Camii.
Había calculado que, para poder verla, tendría que llegar, o bien antes de la oración o bien después. Si no, no me sería posible visitarla por dentro. Llegué al final, hacia las 13:40, cuando ya iban a cerrar. Tuve la gran suerte de encontrarme a dos hombres que todavía estaban terminando de rezar y que me invitaron a visitarla.

Me gustó mucho. Tiene la estructura de una iglesia bizantina pero no cabe duda de que es una mezquita. Las ventanas no son bizantinas sino otomanas. Es sencilla por dentro pero muy agradable y luminosa.
Pero lo que más me gustó fue conocer a uno de los dos musulmanes turcos que me dejaron verla. Tendría unos 30 años, era pequeño de estatura, rubio, con una pequeña barba, llevaba el gorro blanco de los musulmanes ortodoxos. Era muy alegre y expresivo. No sabía ni una palabra de inglés y mi comprensión de la lengua turca es menos que básica, pero nos entendimos. Me dijo como pudo que Gül Camii había sido antes la iglesia de Santa Teodosia. Le conté de dónde era, se emocionó cuando le expliqué lo que me gustaba Estambul, me dijo que pertenecía al club de fútbol Fenerbaçe, me estrechó la mano calurosamente y después puso su mano en el corazón como signo de su alegría de haberme conocido. Era evidentemente un hombre sencillo y humilde pero de gran bondad y con un corazón de oro. Si todas las personas religiosas fueran como él estoy seguro de que el mundo sería un lugar muy diferente.
La Mezquita de las Rosas me impresionó más por fuera que por dentro. El edificio, de ladrillo rojo y piedra blanca, es como una hermosa fortaleza rodeada de casas y calles bastante feas. El barrio es claramente humilde y la natalidad debe de ser muy alta porque me encontré con muchísimos niños jugando por las calles.
De vuelta a Aya Kapi, casi al lado de esta puerta, vi un carromato en el que un hombre vendía pescado. Había tres o cuatro personas comprando. Era como una pequeña pescadería al aire libre.