El Hamam Cağaloğlu se encuentra en la parte antigua de la ciudad, muy cerca de la Basílica Cisterna y al lado de una de las calles más históricas de Estambul, la Ankara Caddesi. La entrada principal está en Profesör Kazım İsmail Gürkan Caddesi nº 24 (aunque aparece también un nº 34, más grande, en la puerta). El Hamam Cağaloğlu es uno de los baños públicos más bellos, famosos e históricos de Estambul. Fue construído en 1741 y se ha escrito de él que es uno de los 1000 lugares que se deberían visitar antes de morir, y que es el mejor hamam del mundo.
He estado dos veces allí. La primera vez el 22 de diciembre de 2013 y la segunda el 25 de diciembre de 2018.
Siempre había tenido curiosidad por ver un hamam turco, aunque me intimidaba un poco lo que había oído y leído que podría ocurrir allí (si habría algún problema con el pago, si el lugar sería seguro, si los masajes podrían dañar mi espalda). Por lo tanto, en 2013 decidí ver la entrada, que es muy llamativa, con mucho mármol y vidrieras, y pedir únicamente si podía visitarlo por dentro y hacer algunas fotos. No tuvieron ningún inconveniente y así lo hice, pero no pasé de la primera sala, la de la recepción.
En 2017 quise finalmente tener la experiencia del hamam, a pesar de mis aprensiones, y volví a Cağaloğlu. Y no hubo ningún problema.
Entré en la primera sala, el camekân, que, aparte de recepción, sirve también de vestuario. El camekân está compuesto de una gran sala cuadrada con una cúpula. Detrás del mostrador, en el centro, justo debajo de la cúpula, hay una fuente de mármol muy elaborada. Unos pilares sostienen unos balcones donde están situados los vestuarios de arriba. Hay también vestuarios abajo, en las paredes. Son unos pequeños cubículos de madera con cristales opacos que contienen un camastro, un taburete, un aparador y un pequeño espejo. Sirven para que los clientes se quiten la ropa, dejen allí sus cosas y se puedan vestir de nuevo al terminar. En el mostrador me atendió el director de ventas, Mustafa, un hombre joven muy amable. Le comenté que quería el self-service, el más sencillo de todos los servicios que se ofrecen, no porque fuera el más barato sino porque no me atrevía a que tocaran mi espalda. Lo entendió perfectamente y me dijo que podía empezar cuando quisiera. Para los otros servicios es necesario reservar con antelación, porque hay que encontrar a alguien que esté disponible para hacer el masaje.
Volví a la media hora, pagué lo acordado y me dieron una bolsa que contenía lo siguiente: champú, una crema para el pelo, una loción corporal, un jabón de aceite de oliva y una manopla para la mano, para frotarse el cuerpo, llamado kese. Además me asignaron a un chico muy joven, probablemente nuevo, para que me explicara un poco lo que tenía que hacer. Él me dijo que entrara en uno de los vestuarios de la parte de abajo, a la derecha de la entrada, y que me cambiara, y que, al salir, cerrara con llave y llevara esa llave conmigo todo el rato. Me quité la ropa y me puse las clanclas y una especie de taparrabos, un trozo de tela llamado peştamal. Mi joven acompañante me esperaba fuera y, al salir, me condujo a la siguiente sala, el soğukluk, que quiere decir "la habitación fría". El soğukluk sirve de antesala a la sala principal del hamam, el hararet. En el soğukluk están los WC y es allí donde uno se seca al salir del hararet. Supongo que además ayuda a mantener la temperatura caliente en la siguiente sala.
La entrada al hararet fue para mí como un sueño. Al abrir la puerta de madera lo primero que noté fue el vapor del agua caliente y el contraste térmico con la anterior sala. Una vez dentro, me quedé con la boca abierta ante la belleza del lugar. Es una gran sala cuadrada de mármol blanco con una cúpula en el centro que está sostenida por unas cuantas columnas. La cúpula está perforada por muchísimas ventanitas u ojos de buey de cristal por los que entra la luz. En las esquinas y en tres de las cuatro paredes hay una especie de alcobas con una pequeña cupulita cada una, y con una fuente de agua fría y caliente y unas jarritas de metal. En el centro, bajo la cúpula, hay una piedra, la göbektaşı, sobre la que se tumban los clientes para que les hagan los masajes. Habría unas quince personas entre masajistas y clientes.
El acompañante que me habían asignado no era un hombre de muchas palabras y lo único que me explicó fue que yo sólo podría permanecer en una de las alcobas y en una sauna que hay en una cámara que está adosada al hararet, en la esquina noreste de la sala. Dijo también que debería empezar en la sauna, quedarme allí unos 10 minutos y salir al hararet otros 10 minutos, y así continuamente.
La realidad fue que la sauna era demasiado calurosa para mí y, en realidad, prefería quedarme en una de las alcobas del hararet echándome agua fresca encima ya que no paraba de sudar. A la tercera vez que fui y volví de la sauna se me acercó uno de los masajistas y me aconsejó que no me echara agua muy fría y que, si me sentía mal en la sauna, que no entrara. Ya no volví a entrar. A partir de entonces estuve mucho más relajado y disfruté mucho más. Además utilicé el champú y la manopla.
Al cabo de un rato decidí salir. El masajista que me había dado el consejo me acompañó al soğukluk y me ayudó a secarme y me dio una toalla para ponérmela en la cabeza. Le estuve muy agradecido porque, sin él, me habría encontrado un poco perdido. Cuando ya estábamos terminando apareció de nuevo el chico joven que me había explicado las cosas al principio y me condujo otra vez al camekân. Me dijo que me sentara en una mesita y me trajo delicias turcas, un refresco de fruta delicioso llamado şerbet y un botellín de agua (me ofreció té pero preferí agua).
Al terminar, volví a mi vestuario, me cambié y me marché.
Permanecí en el Hamam Cağaloğlu de 19:00 a 20:30 más o menos. Fue una experiencia muy interesante que espero repetir.