Al salir de la mezquita seguí la calle comercial a la derecha, la calle Kalenderhane. Podría haber torcido por la primera calle a la derecha, Balaban Yolu, que va subiendo por un entorno muy bonito, pero me dio pereza tener que empezar a subir tan pronto y preferí seguir la calle Kalenderhane hasta que terminó la zona comercial.
Torcí a la derecha por una calle muy fea y vi una panadería o pastelería muy sencilla. Había un chico bastante joven y un hombre de unos 30 años. No había mucha variedad pero vendían un dulce que tenía muchas ganas de probar: el tulumba, una especie de churro pequeño recubierto con almíbar. Le dije al chico joven que sólo quería uno pero entendió un kilo. Cuando se dio cuenta de que sólo quería uno me dijo que me lo regalaba. Entonces le pedí que me diera dos y que se los pagaría. Cuando intenté pagarle, no quiso aceptar nada, ni su compañero tampoco. Se veía que eran gente que trabajaba duro para ganarse la vida, pero no les importó desprenderse de dos de sus tulumbas. Les di la mano y les expresé como pude mi agradecimiento y admiración.
La mayor parte de los turcos que he conocido son gente muy amable y generosa. Quizás sean pobres o no muy ricos pero, casi invariablemente, les encanta compartir lo poco o mucho que tienen contigo, te sonríen y nunca se enfadan si no les compras o si les haces perder el tiempo.
Salí de la panadería-pasteleríay subí por esa calle, cada vez más en pendiente, y en poco rato estaba ya en la cumbre. Aún tuve que andar unos minutos más hasta llegar al Café Piyerloti. Todo el trayecto, de Eyüp a Piyerloti, me llevaría unos 20 minutos. Hay varios establecimientos alrededor, pero Piyerloti da nombre a todo el lugar.
Este café es quizás el más famoso de Estambul. Está dedicado al novelista francés Pierre Loti que, por lo visto, subía a esta colina a buscar inspiración. Hay una terraza fuera con muchas mesas.
No tomé nada pero estuve un rato maravillado, contemplando las vistas desde allí. En aquel momento pensé que si hay una ciudad que nunca te deja de sorprender es Estambul.
Para volver a Eyüp decidí hacerlo esta vez en el teleférico TF2. Había una cola bastante larga esperando a entrar y pensé que tendría que esperar mucho rato. Sin embargo en menos de 10 minutos ya estaba dentro. Pagué con la Istanbulkart. Dentro de la cabina que me tocó habían unos turcos algo voceras y brutos. Dos chicas, al ir a entrar, se lo pensaron dos veces, ya que ellos las miraban fijamente y hacían algún comentario; entonces vi que se sentaban al lado mío, muy pegadas a mí, pues me debieron de ver como una especie de protección contra los turcos de enfrente.
Salí de la panadería-pasteleríay subí por esa calle, cada vez más en pendiente, y en poco rato estaba ya en la cumbre. Aún tuve que andar unos minutos más hasta llegar al Café Piyerloti. Todo el trayecto, de Eyüp a Piyerloti, me llevaría unos 20 minutos. Hay varios establecimientos alrededor, pero Piyerloti da nombre a todo el lugar.
Este café es quizás el más famoso de Estambul. Está dedicado al novelista francés Pierre Loti que, por lo visto, subía a esta colina a buscar inspiración. Hay una terraza fuera con muchas mesas.
No tomé nada pero estuve un rato maravillado, contemplando las vistas desde allí. En aquel momento pensé que si hay una ciudad que nunca te deja de sorprender es Estambul.
Para volver a Eyüp decidí hacerlo esta vez en el teleférico TF2. Había una cola bastante larga esperando a entrar y pensé que tendría que esperar mucho rato. Sin embargo en menos de 10 minutos ya estaba dentro. Pagué con la Istanbulkart. Dentro de la cabina que me tocó habían unos turcos algo voceras y brutos. Dos chicas, al ir a entrar, se lo pensaron dos veces, ya que ellos las miraban fijamente y hacían algún comentario; entonces vi que se sentaban al lado mío, muy pegadas a mí, pues me debieron de ver como una especie de protección contra los turcos de enfrente.
El teleférico, baja por encima de la colina. El trayecto dura unos 5 minutos. Toda la ladera es un gran cementerio cubierto de tumbas, el Cementerio de Turgay Hantal. Las vistas desde allí son también muy buenas.
Nada más salir de la estación del teleférico hay una parada de autobuses muy cerca. Pasan autobuses continuamente. Cogí uno de ellos para volver a Eminönü.
En mi tercer viaje, en diciembre de 2013, volví a Piyerloti. Esta vez fui directamente al teleférico, que se encuentra a unos 100 metros del recinto de Eyüp, hacia el norte. En 5 minutos ya estaba en la cumbre.
En mi viaje anterior, no me había fijado en el Café Piyerloti en sí, pero esta vez no quería marcharme sin verlo. Tiene dos salas muy bien decoradas con muchos cuadros; hay un divan corrido pegado a la pared, como si se tratara de un palacio turco; hay sillas de madera, y alfombras en el suelo. No había nadie, quizás porque los clientes prefieren quedarse en las terrazas contemplando el Cuerno de Oro y las maravillosas vistas de la ciudad.
Al igual que en mi anterior viaje estuve un rato deleitándome del lugar y, una vez más, reflexioné que no hay ninguna ciudad como Estambul.
Subí por un camino que conduce todavía más arriba que Piyerloti. A los lados había varias casas con jardín. No me encontré apenas gente y pude ver a lo lejos la zona donde acaba el Cuerno de Oro, que poéticamente se le ha llamado las Dulces Aguas de Europa. Bajé de nuevo hasta el Café Piyerloti y cogí el teleférico de nuevo para regresar a Eyüp. Serían alrededor de las 15.00.
Es un lugar algo alejado de las rutas turísticas pero no se puede tener una perspectiva completa de Estambul sin haberlo visitado.
Subí por un camino que conduce todavía más arriba que Piyerloti. A los lados había varias casas con jardín. No me encontré apenas gente y pude ver a lo lejos la zona donde acaba el Cuerno de Oro, que poéticamente se le ha llamado las Dulces Aguas de Europa. Bajé de nuevo hasta el Café Piyerloti y cogí el teleférico de nuevo para regresar a Eyüp. Serían alrededor de las 15.00.
Es un lugar algo alejado de las rutas turísticas pero no se puede tener una perspectiva completa de Estambul sin haberlo visitado.
El 8 de marzo de 2020 regresé de nuevo. El día era muy primaveral y era fiesta en Turquía, por lo que todos los sitios estaban repletos de gente.
Tras visitar la Mezquita y la tumba de Eyüp, fui a coger el teleférico para subir hasta Piyerloti y me encontré una cola interminable. Estuve a punto de marcharme pero decidí que ya que había llegado hasta allí había que esperar. Y no me arrepentí, porque la gente que había en la cola era muy tranquila y muy agradable, y pude chapurrear con ellos en turco y escucharlos; además, al ver que hacía el esfuerzo de hablar en turco, me lo agradecían mucho y ellos también se esforzaban en hablar claro y despacio. Me dijeron que el 8 de marzo era fiesta en Turquía. Estaríamos esperando alrededor de 45 minutos. Finalmente conseguimos entrar pero Piyerloti también estaba lleno.
Tuve mucha suerte porque un camarero me encontró enseguida una mesa, y pude sentarme y tomar algo de beber allí y disfrutar de la vista un rato. No tuve que esperar casi nada para coger el teleférico de vuelta.
Finalmente, el sábado 16 de agosto de 2025, después de visitar la Mezquita de Eyüp, decidí visitar de nuevo Piyer Loti. Anduvimos hasta el teleférico y esta vez no había apenas gente en la cola.
Mientras esperábamos, una señora catalana muy amable nos dijo a mí y a mi amigo que no hacía falta que nos quedáramos donde estábamos, que mejor que nos situáramos donde ella y sus amigos estaban y así podríamos entrar en la cabina antes. Así lo hicimos. Inmediatamente llegaron dos cabinas y nos dijo que nos pusiéramos en la que más nos gustara. Entramos en la suya, que era la que parecía que tendría mejores vistas. Cuando ya estábamos sentados, apareció una amiga de esta señora. Estaba furiosa porque decía que habíamos llegado los últimos y no le parecía justo que todo el grupo de catalanes no estuviera en esa cabina. Le contesté: "Señora, su amiga nos ha dicho que nos pusiéramos donde quisiéramos, pero no se preocupe; nos vamos a la otra cabina sin problemas". Pero siguió renegando toda enfadada, no sé si a su amiga o a nosotros. Nos marchamos a la otra cabina y les dije a sus amigos que se fueran a la otra cabina, que su amiga nos había expulsado de ahí. Se quedaron tan sorprendidos como nosotros y se marcharon.
En realidad, lo más destacado no es la vista desde el teleférico sino las espectaculares vistas desde arriba, desde el mirador. Se puede ver todo el recorrido del Cuerno de Oro desde casi el comienzo de la ría hasta casi donde desemboca en el Estrecho del Bósforo.
Siguiendo la misma lógica de esa señora tan mandona y malhumorada, nada más llegar a la parada de Piyer Loti nos dirigimos al mejor sitio del mirador y allí permanecimos un rato contemplando el maravilloso paisaje y sacando fotos.
Posteriormente estuvimos unos minutos en la terraza del café y después vimos también el interior del café que estaba vacío como siempre.
Por último, decidimos bajar a Eyüp andando a través del cementerio de Turgay Hantal. Fue un paseo encantador a través de un precioso bosque lleno de tumbas antiquísimas (y otras más modernas). Prácticamente no hubo nadie más que nosotros y muchísimos gatos de todo tipo y color que nos acompañaron todo el rato. La mañana era muy agradable y soleada. Podríamos habernos quedado allí todo el día.
El cementerio termina en la calle Balaban Yolu, muy cerca de la Mezquita de Eyüp. En ese punto donde acaba el cementerio y comienza la calle se encuentra una fuente de mármol blanco de estilo barroco llamada Fuente de Ebedi Eyüpsultanlılar. Mientras estábamos allí pasaron una señora junto a un niño vestido todo de blanco, con una especie de corona; es la indumentaria que llevan los niños musulmanes el día de su circuncisión.




